TERCER DOMINGO DE PASCUA #Nosquedamosencasa

Para el evangelista Lucas, Cristo Resucitado es “El que vive” ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?  (Lc. 24,6). La Pascua cae siempre en primavera que es “el estallido de la vida”. Una vida que se derrama en miles y millones de árboles y arbustos. Y de ese derroche, de esa sin medida, brota la belleza de la nueva vida. No cabe otro ejemplo más claro para expresar la Resurrección. Mientras Jesús vivía en este mundo, la vida estaba limitada, aprisionada en su cuerpo. Al resucitar, esa vida se derrama por medio del Espíritu a manera de “frasco de perfume que se rompe”. Y el mundo entero se llenó de su fragancia.

EVANGELIO

Lucas 24,13-35

Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que dista sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó a ellos y caminó a su lado; pero sus ojos estaban como incapacitados para reconocerle. Él les dijo: «¿De qué discutís por el camino?» Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que han pasado allí éstos días?» Él les dijo: «¿Qué cosas?» Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles que decían que él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron.»

Él les dijo: “¡Qué poco entendéis y cuánto os cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No tenía que ser así y que el Cristo padeciera para entrar en su gloria?” Y comenzando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le rogaron insistentemente: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado.» Entró, pues, y se quedó con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su vista. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido al partir el pan.

Este evangelio, en verso, suena así:

Sin ilusión, agobiados,

marcados por la tristeza,

caminamos a «Emaús»,

lamentando nuestras penas.

Pusimos nuestra esperanza

en Ti, Jesús, «gran Profeta»,

pero se quedó sin hojas

la flor de nuestras promesas.

Necesitamos, Señor,

que salgas a nuestra senda,

que tus palabras aviven

las brasas de nuestra hoguera.

Abre nuestro entendimiento

para comprender de veras

que nuestra salvación pasa

«por la cruz y por la entrega».

«Quédate junto a nosotros»

a compartir nuestra «cena»,

porque es tarde y ya la noche

va encendiendo las estrellas.

Esperamos que, «al partir

tierno pan sobre la mesa»,

se nos abran nuestros ojos

y admiremos tu «presencia».

Gracias, Señor, por quedarte

en la magia de «tres huellas»:

Eucaristía, Palabra

y Comunidad fraterna.

(José Javier Pérez Benedí)